Acostumbrábamos encontrarnos de cuando en cuando -recuerdo- después de la media noche, los momentos eran casi perfectos, tabaco y scotch regularmente añejado eran parte del cortejo, pasábamos horas debatiéndonos el uno al otro, escribiendo poesía, ella en si misma era un verso perfecto.
Aparecía sin advertencia, no acusaba reproches, más bien siempre obtenía toda mi atención no importando el momento o la hora del día, cuando lo hacía era demandante, impredecible, extraordinaria y exquisita como ninguna. Solía ver a través de sus ojos cual espejos convexos, reflejos perfectos de como la vida circulaba por ellos.
Esa sinfonía perfecta que llegaba con ella, hacia que el sonido de la tornamesa de vinilos de mi habitación acompasara cualquier melodía que surgiera de nuestra unión, la entrega no daba lugar a hesitar.
Ella era y sigue siendo así, me hacia ver cosas que jamás nadie me hizo ver, me convirtió en un gran soñador, mientras me sujetaba los pies a la tierra, me hizo viajar una y otra vez alrededor, me enseño los sonidos del silencio, y a seducir sin usar una sola palabra.
Llegaría noviembre, con sus vientos, los cielos claros y esa lluvia espiral de hojas secas, el cambio de estación me trajo su ausencia, le resentí de alguna forma u otra a diario hasta acostumbrarme a mi única forma de encontrarnos en su recuerdo, -ahora no es mas que eso- un insípido encuentro de madrugada en mi mente y el intento desesperado por recuperarla.
Me quedaron las madrugadas a medias y desolado, la rabia inaudita de no tenerla o tenerla de a poco, el otoño con su sensación de caída, fracaso y la esperanza de renacimiento.
De alguna forma vuelve, su imagen rutilante, la idea que representa, el reflejo de la vida en sus ojos y lo que a través de ellos puedo ver, ella es todas y una sola, es Delilah.