Inicié mi experiencia en la vida de un caballero en una pequeña barbería de esquina en el barrio donde viví, sí, era de esas con el respectivo poste de unos 50cms con colores blanco, rojo y azul en movimiento y sus puertas abiertas de las cuales se puede dejar ver desde la calle de enfrente todos los artilugios de la estética varonil, espejos grandes a media altura, las sillas del barbero forradas con cuero -100% original- sus cromos bien pulidos una característica indiscutible de aquellos modelos, el asentador de cuero a un costado para la navaja del barbero, por supuesto el buen barbero con su media bata blanca, el cabello canado y muy bien acicalado -importantísimo- y el inconfundible olor de la old spyce ¡ah!… y en un costado la pequeña silla del barbero con cabeza de caballito para los chicos como yo, y en este caso un forro de cuero turquesa.
Las visitas a la barbería eran para mí un viaje extraordinario, fuera del tema que siempre fui muy bien tratado seguramente la honorabilidad de mi padre y mi abuelo me precedían. Disfrutaba ese momento como algo muy propio, era tiempo y espacio para mí, a veces lo disfrutaba muy bien conmigo mismo porque no pronunciaba ninguna palabra en todo el tiempo que duraba mi corte de cabello o un momento único de distracción con este no-extraño señor barbero que me contaba historias o hablaba cualquier tontería para distraerme mientras ejecutaba con toda destreza su oficio.

Fui creciendo y luego cambié de barbería a una más centralizada en un edificio en la zona 4 de la ciudad capital vecina de la iglesia de Yurrita y cercana a mi colegio, a la cual podía llegar caminando en pocos minutos, “El Patio” ; Don Victor a pesar que habían cuatro barberos en el lugar, era el barbero que atendía a mi abuelo y a mi padre por lo tanto él era quien debía atenderme a mí, ésta tenía carácter más formal y no existía la silla de caballito, por supuesto cuando llegue a aquella barbería ya no cabría en la silla de caballito, sino por el contrario ya tenía acceso a las revistas de adultos, aunque siempre tenía la opción de los chistes de Archie o Condorito, pero, qué adolescente con las hormonas en desenfreno no preferiría una revista de adulto.
Pasó el tiempo y me fui, como muchas cosas en la vida que cambian, yo también lo hice y dejé mi barba crecer y cubrir mi cara, mi cabello también lo deje crecer y no volví más a aquella barbería, el gusto aprendido por mi higiene personal nunca lo perdí a pesar de estar en otro momento, luego de un tiempo volví a descubrir mi cara y decidí utilizar mi corte al rape, aprendí el oficio para mi mismo y ahora sigo teniendo mi tiempo de barbería, aunque frente al espejo en mi baño personal. Hace unos días volví a sentarme en una silla de barbero, fui a finalizar mi corte a medias -por la avería de mi cortadora- lo disfrute tanto como antes, el lugar éste mucho más moderno en todo sentido, pero el chitchat con el barbero sigue teniendo la misma esencia que otrora disfrutara en aquellas épocas del cuero original, y de pieles lisas y libres de vello por las finas destrezas del buen barbero con la navaja.