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El Barrio

El barrio era para mí, mi principal juguete, imagínenselo así como un juguetote de esos que perduran en el tiempo, sí, yo era uno de esos niños que le sacó el jugo a su infancia lo más que pudo, -como la mayoría intenta hacerlo-  en esos años en los que incluso a muchos nos toca jugar solos, siempre existe una escoba que se convierta en caballito, una hoja de papel que se vuelva avioncito, una sábana que sirva para construir un refugio, una montaña de arena que se convierta en autopista con túneles y pasadizos secretos, una tabla que se convierta en rampa para la bicicleta, blocks que sirvan para construir casas, jardines que sirvan de locación para He-Man, los Thundercats, los GI Joe’s.  

Siempre había un poste de luz para el Chibiricuarta, el 31 o piedra pomes para dibujar las bases y jugar kick ball, patines para circular las calles, bicicletas con llantillas o sin ellas para ir a la otra cuadra y explorar quién vive por allá, pelota de tripa de coche, de plástico o al estilo nimbus “tu tausen” las de cuero, el parquecito para jugar chamusca o mejor tiros penales, y que decir de aprovechar la tierra para hacer agujeros en el suelo y jugar cincos, demostrar quien baila mejor el trompo y sabe más trucos, donde dejar la insistencia por atinarle al capirucho, o las habilidades con los yoyos Duncan, las perinolas o los juegos de botellita más inocentes que en la adolescencia claro, vehículos estacionados sobre la calle o las aceras donde esconderse, las casas vacías donde entrar y fingir ser exploradores, la uniformidad de las casas de un residencial que permitía subirse a los techos y correr por ellos de esquina a esquina de la cuadra, había espacio para todo, era al mismo tiempo tan grande que se hacía pequeño, como decir que entre tanto que podía hacer no alcanzaba para más, de cuando en cuando salirse del residencial y verlo desde afuera era una de las mejores hazañas, corría por todos los arriates y por cada calle buscando qué más se puede hacer con este gran juguete.

La tiendita estratégicamente ubicada era el “headquarter”  la hidratación estaba a la orden del día con los “cuquitos” de sabores, luego fue SIPI, los chicles de bolita, o pasar por un Picarón, todos esenciales en los abastos para una tarde de juerga infantil.

En época de vacaciones parecía hacerse más grande todo este asunto, había más tiempo para pasarla bien y hacer cuanta cosa se nos ocurriera, por supuesto el tiempo de la comida había que hacerlo en casa, no importa de quien fuera pero no pasaba por alto,  la salida a pedir dulces en las fiestas de Halloween, y luego esperar que llegaba la navidad y había explosión, los cohetes eran parte fundamental al igual que los canchinflines, permitía variar la dinámica del juego, y siempre me la pasé muy bien. 

Claro, luego crecí y las niñas ya no eran tan niñas y me caían bien, al menos me interesaban y hubo que cambiar la dinámica del juego, había que hacerse el serio e interesante, eso sí sin dejar de divertirse, la vida en el barrio no podía ser desperdiciada de ninguna forma, y sí, hasta el último día en que estuve por ahí, vaya que ¡lo pasé muy bien!

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