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Las personas importantes uno no las busca, la vida te las presenta.

Algunos días son fiestas de guardar, otros, sirven para abrir cajas de recuerdos… Corría el año dos mil y tantos cuando la vida nos presentó, así tal cual sucede con las personas importantes, sin más, a veces te da un sentido de re-conocimiento cuando encuentras a algunas personas en el camino. Ésta vez, fue demasiado familiar que apenas y recuerdo cómo llegamos cada uno a la vida del otro.
Diego, sin apellidos, porque la historia de familia, aunque nos precede, cuando llega el momento, la dejamos atrás para formar la propia. Don Diego, como gustábamos llamarle entre corrillos, porque a bien y de sobra tendría ganado el título; -por supuesto voy a tirar de retórica- ya sabrán ustedes por qué.
Criado sin lugar a dudas con los más altos valores humanos, una ética profunda y honorabilidad intachable, elocuente y muy apropiado en su actuar, no dejaba indiferente a nadie, prudente en lo que cabe, poseedor de una capacidad de amar vasta. Un tipo excelso, un caballero y señor de familia. Diego era un barón.
Aunque el status quo parecía ser lo suyo, Diego era un tipo divergente, de esos que cambian la historia, a veces, demasiado políticamente correcto para mi gusto, aunque entre nosotros siempre dijimos lo que pensábamos sin más.
No había error. ¡Era soberbio!
Un tipo exquisito, su gusto culinario y sus finas artes de maestro cervecero nos condujeron por una aventura interminable de sabores y experiencia “chelística”, hasta empinar el codo o a correr millas cerveceras de cuando en cuando, a deleitarnos los sentidos con la hermosa Ximena Sariñana, y a viajar por el mundo buscando la más fina o la más fiel, o acaso besar la herejía.


Hacíamos familia, y es que, la familia se hace, junto con Richie, nos escogimos en el camino y decidimos hacer familia… Nos cuidábamos, nos protegíamos, nos valorábamos, no había competencia entre nosotros, ninguno tenía que competir por el amor de un papá o una mamá, y ninguno se sentía desfavorecido… Hacíamos familia y disfrutamos la vida a raudales, sin arrepentimientos.






Juntos sumamos separados un tercio, entre los tres nos hacíamos mejores unos a otros, entre los tres ecualizábamos la vida, cada uno era la tercera pata del trípode. (Ahora hemos tenido que ver cómo surfearla)
Aunque a mí me correspondió la segunda posición entres mis hermanos de sangre, entre nosotros, ésta le tocó a Diego, ya saben el de en medio siempre es el salido del guacal, aunque cada uno de nosotros tiene sus respectivas peculiaridades, Diego era así, excepcional.


Si a este mundo venimos una sola vez, Don Diego nos ganó, sólo que aún no lo sabemos.
We leave so much love unspoken.